Cómo ecos lejanos de un pasado distante sus botas rumoraban lo que sabía pasaría después de ejecutada la orden, las piedras y las primeras hojas rendidas por el paso del tiempo se juntaban haciendo un cuadro equinoccial perfecto, por la mañana era verano y podía escucharse en el mismísimo día del presidente el fulgurante México que estaba naciendo; la hermosa ciudad que Dios nos había entregado por medio del partido de la revolución, eterno amante y celoso guardián del mito intocable de Madero, Obregón y Zapata Calles. Cada paso más firme que el anterior, y el viento incesante despeinaba el poco cabello que le quedaba, transitaba sin rumbo, pero sabía bien lo que buscaba, en un estado entre sopífero y abstracto logró sentarse en una banca de esas del gobierno de la Ciudad de México, verdes cómo la vida que se gestaba a su alrededor; vida que pronto cobraría sentido.
El hombre solitario parecía normal, uno más de los millones que habitaban la metrópoli dorada; podría responder al apellido Sánchez, al nombre Juan José o tal vez al de Fernando, no importaba mucho, y menos en la eterna búsqueda. Cuando atardecía, el otoño empezaba a asomarse entre las copas de los encinos que decoraban el fraccionamiento, mentían las hojas cafés resquebrajándose, nada había madurado, mentía el delicado viento que le acariciaba con amor las mejillas, el no merecía ser amado. A su lado, cómo lúgubre monumento imaginaba la composición siniestra de la patria mutilada, paralítica, postrada en un carrito de supermercado. Todo era tan surreal... "ayudarás en la vendimia y recogerás el escorpión que se oculta bajo la piedra blanca"
¡Cuba sí, yanquis no!... ...
¡Gobierno farsante, que matas estudiantes!... ... ¡Che, Che, Guevara, LEA, LEA a la chingada!
Por la avenida Flores Magón, (otro enorme dejo de ironía que no cabe en 8 milímetros), se acercaban ríos de gente, huesos y carne que entonaban un himno, hartos de la sal que les ofrecían en medio del mar, angustiados nadando hacia nuevos horizontes, sin nada que perder, sin miedo a ser escuchados, sin miedo a ser grandes, el miedo a la muerte; tan presente en la cultura mexicana, lo llevaban en las suelas de sus zapatos y en los collares que llevaban por estandarte. Y el hombre solitario los veía pasar, cómo un desfile de afligidas almas, una situación dantesca o tal vez homérica ¿cómo acabaría su viaje? ¿cómo acabaría la búsqueda eterna?... "Había una vez hace ya mucho tiempo una ciudad maravillosa llamada Tar. En esa época todas nuestras ciudades estaban intactas, no se veían ruinas porque la guerra final aún no había estallado. Cuando sucedió la gran catástrofe desaparecieron todas las ciudades menos Tar. Tar existe aún, si sabes buscarla la encontrarás" Y cada una de las almas buscaba su propia ciudad de Tar, montados en centauros, algunos otros en faunos y las mujeres cómo sendas valquirias. Todos los mitos que sus padres les habían contado de mundos ideales y épocas ya tan lejanas que solo los viejos y sabios hombres recordaban, cobraban sentido una vez que salía de su garganta el prístino sonido de la protesta. Ellos eran la voz del pueblo oprimido, la voz que intentaba escapar del Olimpo falaz en que México se había convertido, especialmente en 1968. Año de estupor, dónde cada gota de sudor humano contenía también una lágrima de la madre angustiada que rezaba a la Virgen de Guadalupe pudiera rescatar a su hijo de las fauces maoistas, guevaristas, jochiminístas o las que se pusieran en el camino...
¡Aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir, que el pinche gobierno se tiene que morir!, al son de esa consigna, la única que le habían enseñado en el curso exprés que había tomado en Lecumberri, el hombre solitario se incorporó entre los estudiantes valientes, y sentía cómo el revolver que tenía bien fajado entre su camisa y sus pantalones se derretía quemándole las entrañas. Iba travestido, con senos postizos, y jirones de tela expuestos, carne abierta y el corazón con solo una vena latiendo. Al ojo humano, solo era uno de los jóvenes inquietos que escuchaban rock para romper con la derecha y con la familia clasista, y al mismo tiempo para romper con la izquierda nacionalista, agringándose, europunkándose... con marcas inconfundibles de submarinos amarillos taladrándole las venas de los brazos. En sus manos llevaba el carrito dónde vivía la patria, el la llamaba Lis, compartían sus aposentos un tambor, un fonógrafo y una muñeca.
Tlatelolco, ese lugar tan mágico dónde se cumplía el sueño utópico mexicano de acabar con las vecindades, un suburbio dentro del suburbio que significa la psique capitalina, transformada a la luz de la pobreza, la desigualdad social y la displicencia generalizada. Poco a poco los contingentes iban llegando a la escena, la mejor puesta en escena del director desconocido, en el Edificio Chihuahua el hombre solitario podía notar el asqueroso hedor de la burguesía apostando duraznos en almíbar mientras jugaba a las cartas con la vida de las personas, moscas pulularían a su alrededor, sin saberlo el había roto con su pasado, a través de simples pasos por esas avenidas rojas llenas de furia; ahora arrastraba a Lis, la patria por todo el sinuoso y pedregoso camino, malherida, ella lo amaba, cómo a todos sus hijos; la patria violada, todos sus hijos de la chingada. Esa ficción de la que se vuelve juez y parte, retratar un país una y otra vez en los muros blancos de su inocencia y en la impoluta superficie de su piel. Para después matarla a patadas.
"Cuando llegues a Tar comprenderás la vida y serás gato y fénix y cisne y elefante y niño y anciano y estarás solo y acompañado y amarás y serás amado y estarás aquí y allá y poseerás el sello de los sellos."
Entonces, la señal fue dada, y el sin darse cuenta transportado al pie de la tumba de Lis, con un perro y una flor, fiel a su promesa, cerro los ojos, y vio a la gente temer de nuevo, vio ese ánimo acabado y sentía a sus compañeros con su mirada fija en él, esperando que cumpliera las órdenes por las que lo sacaron de la càrcel, él sacó el revolver propiedad de la Secretaría de la defensa nacional, se sacó las miradas de encima... un segundo después su cràneo estalló y la bala salió por el otro lado, había llegado a Tar... en el otro mundo, el paralelo dónde todo rojo es cómo una tuna, el hombre que llevaba a cuestas la tumba de su mujer, por fin pudo dejar de cargar ese peso, había muerto."Y a medida que caigas hacia el porvenir sentirás que el éxtasis te posee para ya no dejarte más"


who needs book when you have friends
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