viernes, 23 de diciembre de 2011

Cuento (pueril) de navidad.

“Dos semicírculos se unen en la igualdad sin tacha, se funden en un todo que las trasciende. Felices en su abrazo van dando vueltas, rueda que rueda hasta el gran cero absoluto.”
-José Emilio Pacheco
El mundo se ha dejado a si mismo; en un palmo de narices
se ha olvidado de escribir en verso, estrofa y rima, ¡y qué decir de los cuartetos, octetos y métrica del poema!

hace que el punto y coma sean subliminales, el punto indiscreto y la coma una charada

el vertiginoso avance de los años convierte una siglo en un lustro, por lo que la Navidad (sí, con mayúscula) sea poco más que dudosas horas de puré de papa, pavo y cerdo sazonado con el groovy de supermercado.

Pero, por ahora, dejemos al mundo, más tarde podremos abrazarnos a él.

Amanecí con el rocío en los labios del pasto que crece salvaje, descontrolado y furibundo le gana la batalla al hormigón gris, frío e inerte, resquebraja la banqueta pintada de amarillo en su extremo y la tierra reclama su derecho de antigüedad. El roció continua al suéter de lana raída que un buen día de verano un ángel terrenal me regaló y los tres grados celsius de temperatura hacen mella en mi piel curtida por otros inviernos igual de crudos de los que la barba desaliñada puede dar cuenta perfectamente. Entre cartones viejos, un colchón mullido y el techo hecho del anverso del segundo piso del anillo de circunvalación despierto y me maravilla la mañana; cristalina y herida, se lame a si misma y el vaho que expulsa la tierra se consume en una especie de neblina. Es mañana de Navidad y casi no hay autos sobre la autopista, me recuerda a esos videos de animales, que cuando más solos están, cuando más excepcional les es la vida, más amenazados se sienten. Pero hoy la mayoría de los ejecutivos que montan sus delfines de acero están demasiado ocupados combatiendo la resaca que deja el alumbramiento de las buenas costumbres, la caridad, la moral y la bondad. Por otro lado, la niebla espesa es lo más parecido a una mañana de Navidad cómo en los cuentos que veía pasar por el televisor Philips con su cinescopio de cincuenta pulgadas. El silencio corta de tajo toda aspiración y me siento encerrado… ¿encerrado? yo el más libre de todos los hombres, no estoy atado por la camisa de lino y algodón, la corbata de poliestireno y los zapatos que maquiavélicamente hemos arrancado a las pieles de las reses, yo soy libre con mi suéter de lana desgastada por los años y mi taparrabos que algún día fuera la envidia de la cena de Navidad en el Holiday Inn, soy Robinson Crusoe, soy un ermitaño, soy el espíritu santo, libre y atrapado dentro de mi mismo. Pero ya no se me da pensar en eso, la vida de contemplación no admite la vanidad de la que pecan todos ellos. De la que sigo pecando, la que me hizo huir de aquél mundo.
Sobre la avenida, ataviada con un gorro tan rosa como sus mejillas, una bufanda que cubría su delicada esencia contenida en su cuello, y guantes aislantes del frío mundo, una muralla infinita y discreta dirigida hacia los dedos desnudos que la apresaban y hacían sentir un poco más de seguridad en esa mañana llena de estupor, caminaba una pareja, emulando al arroyo vial que todos los días cruza la ciudad de extremo a extremo iban en el más solemne de los silencios, inertes ante la felicidad de los demás, ellos sabían que era Navidad solo para quien quería que fuese navidad, para ellos solo era un veinticinco más, el último del año; año en que descubrieron una ventana más a sus almas. Era veinticinco y también hacía cuatro meses que había sido veinticinco, hacía un año que había sido veinticinco, y todos los números parecían un enorme ocho acostado en forma de infinito, dos círculos que se abrazarían eternamente tratando de encontrar un final que mientras más se acercaban, más se prolongaba, un par de círculos virtuosos solo formados cuando las perfectas circularidades individuales pueden acercarse tanto hasta llegar a fundirse. Ellos eran eso, la infinita paz, la verdadera navidad. Y la noche anterior, contrario a la costumbre (siempre son contrarios a las costumbres) habían cenado leche con chocolate, pan dulce y se habían acostado temprano, tal vez su inconsciente le ofreció un homenaje a la fe que llevan dentro y en sus sueños rezan dos aves maría y un padre nuestro (¿de todos?).
En su isla de hormigón, poco a poco vuelta a la tierra, Robinson voltea a ver a Viernes y a Wilson, ninguno de los dos se explica el increíble fenómeno logrado, entre todas las cavilaciones y alucinaciones, esto es lo único real que les había pasado; pero las alas, eso era lo único que no cuadraba.
Vestida de rojo hasta los tobillos, Marie hacía limpieza de la casa; José y sus amigos habían trasnochado bebiendo, comiendo y fumando cómo fariseos, pero así es la Noche Buena, tiempo de compartir con la familia, tiempo de alegría y de paz. Es cuando todos los esfuerzos anuales se traducen a un aguinaldo que a su vez se encripta en un “Paquete Navideño” formado por kilos de comida y litros de alcohol (por una vez destilados de calidad). Marie había pasado toda la víspera de navidad a la espera de un milagro cómo los que sucedían en Memphis, un copo de nieve cayendo en su nariz y su padre dando las gracias en la cena de navidad, ir a la iglesia por la noche y ser bendecido, y a la vez bendecir a los puritanos que la acompañaban, empezando por su madre, en cambio había tenido que soportar la debacle social de “mexiquito”, a dónde había venido a refugiarse después de su conversión al catolicismo, no hay mejor exponente que la virgen de Guadalupe, o pensándolo bien, con sus rasgos de irlandesa recatada bien pudo haber conseguido un apartamento a orillas del río Gave, en Lourdes, Francia. En cambio, estaba atrapada al lado del río Churubusco, dónde ecos de los días que no se nombran seguían presentes, pagando las cuentas navideñas, y recibiendo migas de amor. José apenas podía con la resaca que llevaba a cuestas, y abre una cerveza para desprenderse del pesado lastre.
De un momento a otro, la pareja había tenido una elipsis tremenda, habían olvidado el don de la palabra, era por eso la infinita calma en la que se encontraban, caminando sobre el asfalto desierto, también llevaban un lastre, era ese infinito amor que cubría sus espaldas y pechos, dispuesto a encontrar un alma precaria que cómo ellos no encontrara algún significado en el veinticinco de Diciembre.  Hacía que le salieran alas de niebla al cruzar el anillo de Circunvalación, y a sus pies el río Churubusco, susurrante, entre tubos de cobre se los agradecía.
Robinson por fin había despegado el último pedazo de hormigón y descubrió la Tierra, olía a la humedad íntima que tanto conocía, y cada vez se acercaba más la profecía… sus pies se hundían esa mañana de veinticinco, ahora sabía que todo había valido la pena, dobles licenciaturas, economía, derecho, publicidad, era todo lo que necesitaba para gobernar su insular dominio, sabía que algún día volvería al Orinoco, porque a fin de cuentas yo soy Robinson Crusoe, maestro en economía e interpretado por Marx. A Robinson antes se le conocía cómo José.
En el Orinoco, todo era blanco, por primera vez nevaba dentro del trópico, y justamente la punta de la nariz, única parte descubierta por esa armadura de fieltro, lana y tela polar, caía el primer copo de nieve, diametralmente opuesto al corazón hirviente que la había transportado hasta allá, por el río congelado se acercaban a la isla de Robinson. El cero en unidad había triunfado de nuevo. La Navidad se había convertido en infinito. El amor había eternizado esos momentos.