A petición, y bueno, por regodeo intelectualoide, pongo a su disposición una historia que les enternecerá el alma. Por los sucesos recientes, no duden que algún cineasta saque la segunda parte o una precuela tal vez, que siempre tendrá mucho éxito la primera semana, pero no superará a la original xD. Para ustedes un pequeño cuento, acerca de cómo Nicolás transmuta su alma, hasta convertirse en un pato...
Amanecía, sus dedos olían a tabaco y mantequilla, él no podía explicarse esta repentina falta de sueño y creatividad, es la primera luna llena de enero y bañaba de luz azulada y de un íntimo halo de secreto la butaca en la que estaba hundido. El tren en el que iba no se detendría por más que le rogara al maquinista, a medio camino a ninguna parte simplemente no podía coinciliar el sueño, soñaba patos en Chapultepec, la vida y su pasado que lo tiró una y otra vez. Tanto que llegó al punto de no poder levantarse de la misma manera y buscó una forma diferente de hacerlo. Escapar de la tormentosa ciudad en el tren que dejó de funcionar hacía 30 años. Si empezó a soñar a medianoche y ahora eran los primeros 35 minutos del último día entre diciembre y enero. ¿Cuanto tiempo tarda el sueño en trasladarte al lago vacio?... nunca ha sido bueno para las matemáticas.
Tres meses antes de comprar el boleto de abordaje: Nicolás, ¡es la última vez que me cuelgas el teléfono¡ ¿acaso no sabes cuánto daño me haces? argumentaba ella, mientras seguía caminando por la avenida Xalapa, esos ojos suyos que parecían traspasarte el alma cada vez que se incrustaban en los tuyos estaban a punto de estallar cómo la bomba de chicle que se gestaba en la boca de Nicolás que respondía -perdóname de una vez todo el daño hecho y por hacer, solo que las situaciones no nos ayudaron, el tiempo pasó cómo un tornado por nosotros, arrasando todo a su paso. Pudimos remediarlo pero algo tenía que cambiar. Tú, yo o las circunstancias. Decidí cambiar yo, será lo mejor para los dos. Ella ahora cuelga el teléfono y en el mismo momento Nicolás decide explotar la bomba de chicle sumido en la melancolía de sus pensamientos, mientras tanto la butaca en que yace cruje de tristeza. Ensimismado en sus pensamientos, no se da cuenta del tumulto que hay en la sala de estar, por enésima vez se descepciona de la familia en la que le tocó nacer. Su madre está llorando al pie de la escalera mientras asume que en diez años de separación aún en su alma está intacta esa conexión con su padre. Sus ideas estaban embotadas, cómo era habitual en Nicolás, pensó que un poco de sol y viento invernal podrían hacerlo olvidar de todo de nuevo. Camina lo suficiente hasta llegar al puesto de periódicos, mientras paga tres pesos por un Lucky Strikes mira las portadas de los últimos diarios que quedan en la rejillla. Nada nuevo, la debacle social de un país en crecimiento y prometedor para futuras generaciones se hace oráculo en los titulares cotidianos -”27 decapitados más”, “El ejército ahora en el Distrito Federal”, “Se desploman las bolsas del mundo”. Nada que no supiera, si por eso soy pobre, píensa Nicolas. Recuerda cuando a la mitad de sus compañeros de generación de secundaria, sí, esos que por una u otra razón abandonaron los estudios, los asesinaron en ese antro de mala muerte, un caso muy sonado en toda la policía federal, aún sin castigo. El humo le recuerda que no debería estar fumando, pero siente cómo sus pulmones se contraén y oprimen un poco de su corazón con hipertrofia, no causada por esteroides, él lo denominaba exceso de amor. Y es que Nicolás la amaba profundamente, tanto que a pesar de haber terminado su relación con ella hacía más de un año, seguía amándola. Para él, el amor te va dando una serie de golpes que te van tullendo, cada uno más fuerte que el anterior, te tiran, y te tienes que levantar. Un día de octubre decidió no recibir más golpes suyos, no podía imaginar que eso traería impactos más profundos. Llevaba medio cigarro consumido y el corazón se le encongía a cada chupada, sentado en una banca verde de un parque deteriorado donde la gente pasaba con sus mundos en orbita, imbuidos en una realidad que no era la suya, para Nicolás, lo único real esa tarde era ella.
Ella al colgar el teléfono siente ese cosquilleo por los codos, nunca creeyó ser tan buena actriz, pero cuando se le mete algo en la cabeza no para hasta obtenerlo. Sus ojos explotaron de júbilo. Siguió caminando hasta llegar a la Glorieta de los Insurgentes donde tenía lugar la siguiente fase de su plan. No podía concebir cómo había personas tan ingenuas cómo Nicolas, siempre manejándolo a su antojo, no podía vivir siendo algo de él, pero tampoco quería que saliera de su influencia terrible. Debía de ser un día caluroso de agosto cuando lo conoció, todo se dió tan natural que tras una semana hubo esa conexión especial para él e inició la vorágine de sucesos, sentada en una de las entradas del metro esperaba al chico en turno, de cabello largo, gafas de pasta y una extraña cicatriz que le daba un aspecto sombrío. No se daba cuenta de lo mucho que la amaba Nicolás. Ni se percataba de lo mucho que ella lo amaba a él, solo era una mala tarde.Esos labios de color turquesa se mojaban en la saliva de aquel oportunista y moría la tarde consumiéndose en un abrazo que pudo inmortalizar esa relación. Mientras tanto en el cielo tan rojo cómo la sangre que escurría por el dedo índice de Nicolás se acumulaban las partículas de polvo y plomo del cigarrillo que tiraba en el cenicero de las bancas de el Bosque de Chapultepec. ¡Qué hermoso es vivir en la colonia Roma! pensaba Nicolás mientras lamía la herida que le hizo la hoja que sacaba de su dossier para dibujar la tranquilidad con que moría el otoño. Ahora con su nueva pareja ellos caminaban por el mismo sendero que solían recorrer por las tardes se tomaba de las manos sudorosas de ella, peinada a detalle por el viento no sentía remordimiento alguno del éxtasis mental con el que mantenía al pobre ajedrecista de gafas y cabello largo, esa avenida convertida en sendero intrínseco de sus amoríos, a él le impresionaban las columnas tan altas y tan blancas que enmarcaban la entrada a esa tierra sombría y llena de vendedores ambulantes, a ella, todo la provocaba una absurda monotonía.
Una parvada de patos emprendía el vuelo dejando al lago y a Nicolás en una esfera de complicidad, desnudo de toda armadura y equipado con un lápiz HB besaba la hoja atacante de su piel con la punta del grafito, el lago agradecía la instantánea. Los patos volaban en “V” tal vez emigraban para el invierno, pensaba, y no era que aquellos patos fueran infieles al prodigioso lago, tal vez solo buscaban el calor faltante por temporadas, tampoco los patos querían abandonar el dibujo de Nicolás y quedaron atrapados en la esquina superior de la hoja. Mientras dibujaba, recordaba lo que leyó una vez: “los patos vuelan en V en grupos muy numerosos, un pato lidera al grupo, no necesariamente es el más fuerte o el mejor pato, solo el azar lo eligió para dirigir la vida de los demás, formando una gran ala en el cielo -¿aquel cielo rojo que yo manchaba con el nitrógeno exhalado en cada fumada?- cuando un pato se cansa o se lastima, en lugar de caer y morir, los patos menos cansados y que venían tras él lo recogían y cuidaban hasta que pudiera volver, pero ahora, atrás de la fila esperando el turno de dirigir su vida, cambiando de forma esa “V” perfecta en que volaban” ¿no es un poco cómo yo?. El cielo cambió de ropa y la luna se asomaba tras la casa del lago Juan José Arreola, y los faroles se encendían, en el reproductor sonaba la mejor canción de el nieto del hombre que daba nombre a la casa, “la tumba de Philidor”, la mente de Nicolás trabaja de una manera inusual y relaciona conceptos totalmente errático, Philidor, el gran ajedrecista del siglo XVIII y la misma defensa que usó en aquella partida de ajedrez contra ése magnánimo oponente que ahora pensaba salía con la persona que más amaba.
La mente es poderosa y mientras avanzaban los arreglos del bajo en el siniestro tema que relataba la agonía de Philidor, la pareja nueva se enternecía ante las ardillas que vieron a la orilla contraria del lago. Acercándose lentamente el atardecer, una parvada de patos voló sobre sus cabezas, sus almas se encontraron en ese momento, él le confió su sentir al lago y el lago al viento, el viento susurraba al oído esas palabras que con tanto amor había pronunciado el amante a la joven del corazón tan leve cómo una nube. Ella pensaba si sería adecuado besarlo en aquellos lugares que recorría con Nicolás con tanta tranquilidad y la inquietaba ese palpitar que le recorría su corazón cada vez que tomaba de la mano al chico de cabello largo.
Nicolás trató de limpiar el residuo café de sangre que quedó en el borde de la hoja, pero no cedía y lo camufló con una ardilla enorme que devoraba a los patos. Firmaba “Soñando patos en Chapultepec”. Se apeó del banco en el que dibujaba, encendió el cigarro que guardaba en su saco y emprendió la vuelta a casa con pasos tan ligeros que parecía levitar, ni siquiera las hojas caídas crujían a sus pasos. Se desvaneció en el aire.
Antes de que sus almas se unieran en un cristalino beso junto al lago, justo un segundo antes, se escuchó un ruido inusual en el agua, y al separse la pareja vió aun hombre caér del parapente de la otra orilla hacia el agua. Un suceso completamente inesperado, tanto que corrieron a ver que sucedía, cuando llegaron dos policías locales les cerraron el paso, y sin darle mayor importancia al asunto, volvieron a su primitiva danza de cortejo, ahora paseando por la noche rumbo al castillo de Chapultepec.
A la mañana siguiente, un jóven pidió un Lucky Strikes en el mismo puesto de periódicos donde Nicolás pidió su último cigarro ayer, cómo un homenaje involuntario revisó los titulares a la manera en que lo había hecho ayer el desafortunado. “Misteriosa desaparición en Chapultepec” le interesó aquella portada y por mera curiosidad (cómo buen ajedrecista), por otro lado, él había estado allí la noche pasada, compró el diario, en las páginas de enmedio sobresalía un dibujo hermoso, titulado “Soñando patos en Chapultepec”, firmaba Nicolás, el pie de página agregaba que no lograron encontrar el cuerpo. La única evidencia era esa ardilla que devoraba un pato que levantaba el vuelo.
Muy lejos del humo que se elevaba al cielo de la capital, un pato descansaba sobrevolando su propio cielo, la noche anterior se separó de su parvada, tan pronto cómo llegó se fué. Él era un pato singular, sabía lo que era tener un cigarrillo en sus manos, era el único que conocía el secreto de cómo convertía en patos a los hombres el agua polucionada ciertos días del año a ciertas horas y con ciertos requisitos. Nicolás quiso ser un pato. Bien pudo ser ardilla y devorar a todos los patos que encontrara en su camino, pero decidió convertirse en uno de ellos y no volver a estar solo. Minutos humanos despues, que equivalen a años pato se dió cuenta que lo que quería era volar en su propio cielo y por fin descansó. Descansó años en un cielo estrellado, pero llegó el amanecer y tenía que volver a mirar a la cara su destino, bajó a la estación de trenes en Buenavista, no tenía idea de cómo sería ese último viaje ¿metro, metrobus, suburbano? De prontó, esa forma casi humana que adoptó (era menos que una persona pero más que un fantasma, tampoco era más un pato) fue atraída a la antigüa estación de ferrocarriles, la ciudad rejuveneció diez años y partió en el último tren en ser despedido.
Nicolás murió ahogado una fría noche de octubre.
La mente es poderosa y mientras avanzaban los arreglos del bajo en el siniestro tema que relataba la agonía de Philidor, la pareja nueva se enternecía ante las ardillas que vieron a la orilla contraria del lago. Acercándose lentamente el atardecer, una parvada de patos voló sobre sus cabezas, sus almas se encontraron en ese momento, él le confió su sentir al lago y el lago al viento, el viento susurraba al oído esas palabras que con tanto amor había pronunciado el amante a la joven del corazón tan leve cómo una nube. Ella pensaba si sería adecuado besarlo en aquellos lugares que recorría con Nicolás con tanta tranquilidad y la inquietaba ese palpitar que le recorría su corazón cada vez que tomaba de la mano al chico de cabello largo.
Nicolás trató de limpiar el residuo café de sangre que quedó en el borde de la hoja, pero no cedía y lo camufló con una ardilla enorme que devoraba a los patos. Firmaba “Soñando patos en Chapultepec”. Se apeó del banco en el que dibujaba, encendió el cigarro que guardaba en su saco y emprendió la vuelta a casa con pasos tan ligeros que parecía levitar, ni siquiera las hojas caídas crujían a sus pasos. Se desvaneció en el aire.
Antes de que sus almas se unieran en un cristalino beso junto al lago, justo un segundo antes, se escuchó un ruido inusual en el agua, y al separse la pareja vió aun hombre caér del parapente de la otra orilla hacia el agua. Un suceso completamente inesperado, tanto que corrieron a ver que sucedía, cuando llegaron dos policías locales les cerraron el paso, y sin darle mayor importancia al asunto, volvieron a su primitiva danza de cortejo, ahora paseando por la noche rumbo al castillo de Chapultepec.
A la mañana siguiente, un jóven pidió un Lucky Strikes en el mismo puesto de periódicos donde Nicolás pidió su último cigarro ayer, cómo un homenaje involuntario revisó los titulares a la manera en que lo había hecho ayer el desafortunado. “Misteriosa desaparición en Chapultepec” le interesó aquella portada y por mera curiosidad (cómo buen ajedrecista), por otro lado, él había estado allí la noche pasada, compró el diario, en las páginas de enmedio sobresalía un dibujo hermoso, titulado “Soñando patos en Chapultepec”, firmaba Nicolás, el pie de página agregaba que no lograron encontrar el cuerpo. La única evidencia era esa ardilla que devoraba un pato que levantaba el vuelo.
Muy lejos del humo que se elevaba al cielo de la capital, un pato descansaba sobrevolando su propio cielo, la noche anterior se separó de su parvada, tan pronto cómo llegó se fué. Él era un pato singular, sabía lo que era tener un cigarrillo en sus manos, era el único que conocía el secreto de cómo convertía en patos a los hombres el agua polucionada ciertos días del año a ciertas horas y con ciertos requisitos. Nicolás quiso ser un pato. Bien pudo ser ardilla y devorar a todos los patos que encontrara en su camino, pero decidió convertirse en uno de ellos y no volver a estar solo. Minutos humanos despues, que equivalen a años pato se dió cuenta que lo que quería era volar en su propio cielo y por fin descansó. Descansó años en un cielo estrellado, pero llegó el amanecer y tenía que volver a mirar a la cara su destino, bajó a la estación de trenes en Buenavista, no tenía idea de cómo sería ese último viaje ¿metro, metrobus, suburbano? De prontó, esa forma casi humana que adoptó (era menos que una persona pero más que un fantasma, tampoco era más un pato) fue atraída a la antigüa estación de ferrocarriles, la ciudad rejuveneció diez años y partió en el último tren en ser despedido.
Nicolás murió ahogado una fría noche de octubre.
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