Antes que nada estimados lectores (fantasmas de mi ego) no siento especial remordimiento hacia alguno de ustedes, sentí la necesidad de escribirles hace muchas noches, muchos días, pero me encontraba con que la noche se había perdido. No existe(n). Nada.
Mientras tanto, todas esas ideas, muy poco estructuradas, nada brillantes, poco más que piedra caliza, frágil cómo el corazón de un gorrión. La puntuación me falla, las comas me sobran; el punto y coma adorna, triste, versos un más tristes, tristes por no ser versos de verdad y estar en prosaica unidad, acentos mal usados tildan mis palabras y las llenan de rabia. Pero de eso muy poco importa. Importa lo que queda en los márgenes de la libreta a la que arrancaste todas las hojas (sí, tú único lector y fantasma). Lo que no dejaste que creciera, lo que segaste con la más cínica de las sonrisas, la que cegaste con la íntima ley de tu privacía.
I - Epicentro
Fisura de tus sienes, zurcando el cielo por la mañana
armando toda clase de recuerdos en tu bóveda.
Y cienes, con sus delgadas patas y gordas panzas desfilan a tu lado
blanden memorias cómo listones y celebran ayer.
Quiero que llegues ayer, es muy pronto, siempre estoy en mañana
un atardecer es poco menos de un instante; el cielo rosa
ahora todo tiembla, las nubes se arrebolan. Tu corazón estalla.
II - Crestas
Blancura total, en sus orejas, en sus piernas fuertes
van dominando toda la ola, hacia objetivos desconocidos
forman murallas que nadie atravesará, con aire salado respiran iracundos
Te hundes sobre las crestas de conejos que coronan las olas.
III - Jerónimo
Ciento veintisiete mil millones de kilómetros te separan del piso
9.86 metros sobre segundo y 75 kilos de peso
Lágrimas jamás lloradas te hacen perteneciente a otro mundo,
en dónde la gente salta sin paracaídas.
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